- Nombre / Agencia
- Melissa Yens Fátima Dupri
- Contacto
- 33 29 15 8889
- Precio
- 3000 x hora
- Tiempo acordado
- 2 horas
- Forma de pago
- Efectivo
- Anticipo
- 500
- Rostro
- 5,00 estrella(s)
- Imagen (Photoshop/Filtros)
- Nada
- Busto
- 5,00 estrella(s)
- Cuerpo
- 5,00 estrella(s)
- Actitud
- 5,00 estrella(s)
- Edad aproximada
- 28
- Trasero
- 5,00 estrella(s)
- Besos
- Besos Apasionados
- Oral
- 5,00 estrella(s)
- Atención a los huevos
- Sí
- Oral con baba
- Sí
- Oral a ella
- Si
- Oral natural
- Sí
- Anal
- No
- Extras
- Si maneja. Cuestión de preguntar
- Desempeño Sexual
- 5,00 estrella(s)
- Repetirías/Recomendada?
- Es un deber.
Abrí la puerta y la poesía llegó en tu figura.
Debo, en el sentido más estricto, hablar con honor y verdad. Hoy, de nuevo, recorro la senda del placer, y vaya que lo he hecho por lo alto.
Como es sabido, en el mundo existe una variedad vastísima de bellezas; siempre hay opciones. Sin embargo, mis ojos ya le pertenecían a esta bella dama desde que un día la vi en Twitter.
La cacería empezó como una guerra silenciosa: siempre de gira y lejos de Guadalajara. Sabía que la paciencia podía rescatarme de la ansiedad y de la alocada idea de ir hasta donde estuviese con el afán de coincidir.
Nunca pretendí gozar el manjar en solitario y, de manera activa, cumplí con los deberes compartiendo con la comunidad su visita —quienes se animaron, les irá muy bien; quienes no se animaron, se pierden esta bella experiencia—.
Desde que entró, quedé encantado con su figura y con su sonrisa. Platicamos, como debe ser, porque es un placer escuchar hablar a la mujer que provoca lumbre dentro de mi sangre. Ella tomó la iniciativa y me invitó a las llanuras de Dionisio. Allí quedamos, recostados, intercambiando alientos y olisqueando el placer que emanaba de todo su cuerpo.
Si debiera describir sus besos, diría que eran como una caricia cálida, aunque con abundante carne jugosa y suave. Me encantó besarla y que demostrara esa pasión que guardan sus entrañas.
Después, cuando me disponía a entregarme en alma, ella me detuvo: tenía otros planes en su linda cabecita. De nuevo —siempre a la vanguardia de esta guerra llamada nosotros— optó por consentir a la carne que vive y muere. Su maestría en las artes verbales de guarnecer el placer ajeno fue notable, demasiado notable. Cuando ella estuvo satisfecha, se montó por encima para darse todo el amor que merecía, y que, por supuesto, estuve dispuesto a obsequiar.
El ritmo cambiante, las pausas, las galopadas, el reposo, la marcha frenética y cada intervalo —que, si bien, era todo gestión suya— dieron como fruto que termináramos al mismo tiempo; si se me permite, otro gran punto a su favor, pues es difícil lograr esa sincronía en la primera vez.
El jacuzzi ya estaba listo, exclamando que necesitaba remojar dos cuerpos teñidos de pecado, y así estuvimos largo tiempo, navegando entre miradas y un infinito gusto mutuo.
La clausura de la faena fue en las mismas llanuras mullidas de Dionisio, donde ahora tocó ser el obrador de su obra. Con formón de carne endurecida, tallé y esculpí a esa bella musa entre besos, caricias y embates de mi lengua, cual daga hirviente sobre su piel suave. Ella remató siendo guarida de mi extensión, la cual seguía sin claudicar en su empresa de mantenerse firme hasta que cayera la noche.
El agradecimiento fue mutuo, y le comenté que mi oficio de catador me exige, en cada encuentro, someterme a los placeres más exquisitos de la vida.
En ese momento, seguía maquinando los versos que podían caber entre dos personas que se entregan así, sin escatimar recursos:
A ti, que haces sonar las campanas del Edén
entre peldaños anunciando mi sentencia,
debo asumirme como un condenado al fallecimiento
de tus besos cuando ya no los tenga,
y al adiós que se vuelve largo como la noche.
Siempre suyo,
Stefan Volich
Debo, en el sentido más estricto, hablar con honor y verdad. Hoy, de nuevo, recorro la senda del placer, y vaya que lo he hecho por lo alto.
Como es sabido, en el mundo existe una variedad vastísima de bellezas; siempre hay opciones. Sin embargo, mis ojos ya le pertenecían a esta bella dama desde que un día la vi en Twitter.
La cacería empezó como una guerra silenciosa: siempre de gira y lejos de Guadalajara. Sabía que la paciencia podía rescatarme de la ansiedad y de la alocada idea de ir hasta donde estuviese con el afán de coincidir.
Nunca pretendí gozar el manjar en solitario y, de manera activa, cumplí con los deberes compartiendo con la comunidad su visita —quienes se animaron, les irá muy bien; quienes no se animaron, se pierden esta bella experiencia—.
Desde que entró, quedé encantado con su figura y con su sonrisa. Platicamos, como debe ser, porque es un placer escuchar hablar a la mujer que provoca lumbre dentro de mi sangre. Ella tomó la iniciativa y me invitó a las llanuras de Dionisio. Allí quedamos, recostados, intercambiando alientos y olisqueando el placer que emanaba de todo su cuerpo.
Si debiera describir sus besos, diría que eran como una caricia cálida, aunque con abundante carne jugosa y suave. Me encantó besarla y que demostrara esa pasión que guardan sus entrañas.
Después, cuando me disponía a entregarme en alma, ella me detuvo: tenía otros planes en su linda cabecita. De nuevo —siempre a la vanguardia de esta guerra llamada nosotros— optó por consentir a la carne que vive y muere. Su maestría en las artes verbales de guarnecer el placer ajeno fue notable, demasiado notable. Cuando ella estuvo satisfecha, se montó por encima para darse todo el amor que merecía, y que, por supuesto, estuve dispuesto a obsequiar.
El ritmo cambiante, las pausas, las galopadas, el reposo, la marcha frenética y cada intervalo —que, si bien, era todo gestión suya— dieron como fruto que termináramos al mismo tiempo; si se me permite, otro gran punto a su favor, pues es difícil lograr esa sincronía en la primera vez.
El jacuzzi ya estaba listo, exclamando que necesitaba remojar dos cuerpos teñidos de pecado, y así estuvimos largo tiempo, navegando entre miradas y un infinito gusto mutuo.
La clausura de la faena fue en las mismas llanuras mullidas de Dionisio, donde ahora tocó ser el obrador de su obra. Con formón de carne endurecida, tallé y esculpí a esa bella musa entre besos, caricias y embates de mi lengua, cual daga hirviente sobre su piel suave. Ella remató siendo guarida de mi extensión, la cual seguía sin claudicar en su empresa de mantenerse firme hasta que cayera la noche.
El agradecimiento fue mutuo, y le comenté que mi oficio de catador me exige, en cada encuentro, someterme a los placeres más exquisitos de la vida.
En ese momento, seguía maquinando los versos que podían caber entre dos personas que se entregan así, sin escatimar recursos:
A ti, que haces sonar las campanas del Edén
entre peldaños anunciando mi sentencia,
debo asumirme como un condenado al fallecimiento
de tus besos cuando ya no los tenga,
y al adiós que se vuelve largo como la noche.
Siempre suyo,
Stefan Volich
Adjuntos
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