- Nombre / Agencia
- muñequitas
- Contacto
- muñequitas
- Precio
- 2300
- Tiempo acordado
- 2hrs
- Forma de pago
- transferencia
- Anticipo
- no
- Rostro
- 4,00 estrella(s)
- Imagen (Photoshop/Filtros)
- buen ángulo
- Busto
- 5,00 estrella(s)
- Cuerpo
- 3,00 estrella(s)
- Actitud
- 5,00 estrella(s)
- Edad aproximada
- 20
- Trasero
- 4,00 estrella(s)
- Besos
- Besos Apasionados
- Oral
- 5,00 estrella(s)
- Atención a los huevos
- no pregunte
- Oral con baba
- no tanto
- Oral a ella
- no sé
- Oral natural
- si
- Anal
- no pregunte
- Extras
- no me menciono
- Desempeño Sexual
- 5,00 estrella(s)
- Repetirías/Recomendada?
- no sé
Era la primera vez que contrataba a Luna.
En las fotos se veía mejor. Pero las fotografías son así: pequeñas mentirosas que saben exactamente dónde esconder la carne que sobra y dónde inventar la que falta.
Cuando abrió la puerta no me disgustó.
Tampoco me maravilló.
Buen cuerpo, algo subida de peso. Nada grave. El verdadero problema era que yo ya había construido otra Luna en mi cabeza y ninguna mujer de carne y hueso podía competir con ella.
Me dijo que era su primer día.
Yo había ido para algo rápido. Pagar, coger y largarme. No necesitaba conocer su vida ni ella la mía.
Pero hablamos.
No sé por qué.
Las palabras fueron quitándonos esa distancia ridícula que existe entre dos desconocidos que saben perfectamente por qué están encerrados en la misma habitación.
Primero me acosté y ella empezó con el oral. Sin prisas. Después la acomodé de otra manera y continuó mientras mis manos recorrían su cuerpo y la tocaban entre las piernas.
Para entonces ya había desaparecido buena parte de la vergüenza.
O quizá nunca hubo vergüenza.
Después se puso encima de mí y empezamos a coger sin condón.
Eso sí me sorprendió.
No hubo ceremonia, ni conversación, ni ese instante solemne en que dos personas pretenden que están tomando una decisión inteligente.
Simplemente pasó.
Y yo no iba a detenerla.
Siempre me ha gustado más sentir la carne sin una frontera de plástico de por medio. Así que seguimos.
Una posición. Otra. Luego otra.
Casi una hora.
Luna resultó mejor de lo que prometió su primera impresión. Tenía iniciativa y sabía mantener el ritmo. Lo que había comenzado como una pequeña decepción terminó convirtiéndose en una experiencia bastante buena.
Hasta que sentí que estaba por venirme.
Quise terminar dentro de ella.
Y pude haberlo hecho.
Pero fui yo quien se detuvo.
Todavía no sé por qué.
Algo diminuto me mordió por dentro justo antes de hacerlo. Un pensamiento, un miedo, un poco de conciencia apareciendo demasiado tarde.
Me aparté y terminé sobre su espalda.
Después seguimos.
Yo todavía estaba caliente, todavía quería más, y ella volvió a hacerme oral. Me dejé llevar hasta terminar otra vez.
En su boca.
Hasta ahí habría sido una reseña sencilla.
Luna: buen cuerpo, mejor desempeño del esperado, complaciente, buena química. Una experiencia que probablemente habría repetido.
Pero entonces se levantó.
No dijo nada.
Y vi que se secaba una lágrima.
Una.
Nada más una.
La borró rápido, como quien limpia una mancha que nadie debía haber visto.
Yo sí la vi.
Y me jodió.
Porque hasta ese momento todo estaba perfectamente acomodado dentro de mi cabeza. Yo era el cliente. Ella era la puta. Había dinero de por medio y el dinero tiene esa maravillosa costumbre de hacernos creer que vuelve sencillas las cosas que no lo son.
Pero aquella lágrima no estaba incluida en el precio.
No supe si había sido por mí.
No supe si había sido por ella.
No supe si se arrepentía de algo, si le dolía algo o si simplemente aquella noche cargaba una tristeza que había empezado mucho antes de que yo apareciera.
Y tampoco pregunté.
Me incomodó sentir curiosidad.
Me incomodó todavía más sentir algo parecido a culpa.
Así que hice lo más fácil.
Pensé: me vale.
Me vestí.
Todavía quedaba tiempo pagado, pero ya no quería aprovecharlo.
Me fui.
Y eso es lo que más me encabrona de Luna.
Que después de todo lo que hicimos, después de su cuerpo, de su boca, del sudor, del sexo sin protección y de aquella hora de carne contra carne, mi recuerdo más claro de ella no tiene nada de sexual.
Es Luna de espaldas.
Limpiándose una lágrima que creyó que yo no había visto.
Qué cosa tan cabrona.
Uno paga para llevarse el cuerpo de una mujer por un rato y termina llevándose precisamente aquello que nunca quiso comprar.
En las fotos se veía mejor. Pero las fotografías son así: pequeñas mentirosas que saben exactamente dónde esconder la carne que sobra y dónde inventar la que falta.
Cuando abrió la puerta no me disgustó.
Tampoco me maravilló.
Buen cuerpo, algo subida de peso. Nada grave. El verdadero problema era que yo ya había construido otra Luna en mi cabeza y ninguna mujer de carne y hueso podía competir con ella.
Me dijo que era su primer día.
Yo había ido para algo rápido. Pagar, coger y largarme. No necesitaba conocer su vida ni ella la mía.
Pero hablamos.
No sé por qué.
Las palabras fueron quitándonos esa distancia ridícula que existe entre dos desconocidos que saben perfectamente por qué están encerrados en la misma habitación.
Primero me acosté y ella empezó con el oral. Sin prisas. Después la acomodé de otra manera y continuó mientras mis manos recorrían su cuerpo y la tocaban entre las piernas.
Para entonces ya había desaparecido buena parte de la vergüenza.
O quizá nunca hubo vergüenza.
Después se puso encima de mí y empezamos a coger sin condón.
Eso sí me sorprendió.
No hubo ceremonia, ni conversación, ni ese instante solemne en que dos personas pretenden que están tomando una decisión inteligente.
Simplemente pasó.
Y yo no iba a detenerla.
Siempre me ha gustado más sentir la carne sin una frontera de plástico de por medio. Así que seguimos.
Una posición. Otra. Luego otra.
Casi una hora.
Luna resultó mejor de lo que prometió su primera impresión. Tenía iniciativa y sabía mantener el ritmo. Lo que había comenzado como una pequeña decepción terminó convirtiéndose en una experiencia bastante buena.
Hasta que sentí que estaba por venirme.
Quise terminar dentro de ella.
Y pude haberlo hecho.
Pero fui yo quien se detuvo.
Todavía no sé por qué.
Algo diminuto me mordió por dentro justo antes de hacerlo. Un pensamiento, un miedo, un poco de conciencia apareciendo demasiado tarde.
Me aparté y terminé sobre su espalda.
Después seguimos.
Yo todavía estaba caliente, todavía quería más, y ella volvió a hacerme oral. Me dejé llevar hasta terminar otra vez.
En su boca.
Hasta ahí habría sido una reseña sencilla.
Luna: buen cuerpo, mejor desempeño del esperado, complaciente, buena química. Una experiencia que probablemente habría repetido.
Pero entonces se levantó.
No dijo nada.
Y vi que se secaba una lágrima.
Una.
Nada más una.
La borró rápido, como quien limpia una mancha que nadie debía haber visto.
Yo sí la vi.
Y me jodió.
Porque hasta ese momento todo estaba perfectamente acomodado dentro de mi cabeza. Yo era el cliente. Ella era la puta. Había dinero de por medio y el dinero tiene esa maravillosa costumbre de hacernos creer que vuelve sencillas las cosas que no lo son.
Pero aquella lágrima no estaba incluida en el precio.
No supe si había sido por mí.
No supe si había sido por ella.
No supe si se arrepentía de algo, si le dolía algo o si simplemente aquella noche cargaba una tristeza que había empezado mucho antes de que yo apareciera.
Y tampoco pregunté.
Me incomodó sentir curiosidad.
Me incomodó todavía más sentir algo parecido a culpa.
Así que hice lo más fácil.
Pensé: me vale.
Me vestí.
Todavía quedaba tiempo pagado, pero ya no quería aprovecharlo.
Me fui.
Y eso es lo que más me encabrona de Luna.
Que después de todo lo que hicimos, después de su cuerpo, de su boca, del sudor, del sexo sin protección y de aquella hora de carne contra carne, mi recuerdo más claro de ella no tiene nada de sexual.
Es Luna de espaldas.
Limpiándose una lágrima que creyó que yo no había visto.
Qué cosa tan cabrona.
Uno paga para llevarse el cuerpo de una mujer por un rato y termina llevándose precisamente aquello que nunca quiso comprar.
