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Mi experiencia

yoxido

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—Hoy contraté otra prostituta.

Hacía días que no lo hacía. No porque no quisiera. Ya no tenía dinero.

Hace tiempo que el dinero dejó de ser el problema. Antes, cuando me quedaba sin él, buscaba la manera de salir adelante. Tenía otras preocupaciones, otras urgencias. Luego las urgencias cambiaron. Las prostitutas empezaron a aceptar tarjeta de crédito. Creo que fue entonces cuando más contraté.

Ya no sé con cuántas he estado.

La memoria tiene una forma extraña de acomodar las cosas. Borra los nombres, confunde las fechas y, sin embargo, conserva intactos ciertos olores, algunas miradas y una que otra frase dicha a media noche. Los cuerpos terminan pareciéndose unos a otros. Lo que permanece es otra cosa.

Nunca fue por la belleza.

Eso me costó entenderlo.

Siempre evité a las de dolorosa contemplación. Es una forma elegante de decir que no eran de mi agrado. Uno aprende a disfrazar las palabras mucho antes que las intenciones.

Tampoco era el sexo.

O, al menos, no solamente.

Lo que realmente compraba era el control.

Que no opinaran. Que el tiempo, por un rato, obedeciera mis reglas. Si quería hablar, hablábamos. Si quería silencio, había silencio. Si quería coger, cogíamos. Todo ocurría porque yo lo decidía.

Y eso me tranquilizaba.

Ahora pienso que el control es una palabra demasiado elegante para nombrar al miedo. Pero entonces no lo sabía.

Hubo algunas con las que no funcionó así. Tal vez me vieron verde. Tal vez eran más colmilludas que yo. No fueron más de dos. A las demás terminé por entenderles el juego y ellas el mío.

Nunca he sabido qué dice eso de una persona.

No sé qué diga de mí haber estado con tantas mujeres por dinero. Supongo que algo dice. Todo termina diciendo algo, aunque uno se empeñe en no escucharlo.

Nunca se lo he contado a nadie.

No porque me avergüence.

Simplemente hay historias que uno guarda igual que se guarda una cicatriz debajo de la ropa: no para olvidarla, sino para evitar las preguntas.

Este es mi secreto.

Y quizá ya era tiempo de dejar de esconderlo.

Hubo otra..
Aún la recuerdo.

No con cariño. Tampoco con culpa. Hay personas que terminan viviendo en un rincón extraño de la memoria, como un mueble viejo que uno nunca usa pero tampoco se atreve a tirar.

Fue la segunda, o tal vez la tercera. No estoy seguro. Hace tiempo dejé de contar. Los números sirven cuando uno quiere llevar un registro. Yo solo estaba llenando un vacío, y los vacíos no saben sumar.

La pedí.

Sí, así como suena.

Como quien pide una pizza o llama un taxi. Marqué a la agencia, escogí una fotografía y esperé.

Cuando abrió la puerta pensé que la conocía.

No porque fuera hermosa. Pensándolo ahora, era una mujer más bien desagradable. Pero la memoria tiene la mala costumbre de prestarle la cara de quienes quisimos a quienes apenas acabamos de conocer.

Se parecía mucho a una muchacha con la que salí meses antes. La dejé porque tuve que migrar.

La quería.

No a pesar de nuestras diferencias, sino precisamente por ellas. Nunca entendí por qué. Hay personas que llegan a la vida sin parecerse a uno en nada y, aun así, encuentran la manera de quedarse.

Vi algo de ella en esa mujer.

Bastó eso.

Entró al baño mientras yo pagaba el servicio a la agencia. Era un ritual. Llegaban, yo pagaba y, por un momento, todo parecía tener un orden.

Después me metí al jacuzzi y le pedí que entrara conmigo.

Se desnudó.

Hoy sé que no tenía el mismo cuerpo. Ni la misma espalda. Ni la misma forma de caminar.

Pero aquel día habría jurado que sí.

La memoria también sabe mentir con la piel.

Sacó una Halls, la desenvolvió despacio y se la llevó a la boca. Luego me ofreció otra.

La acepté.

Todavía me parece curioso que un dulce de menta pueda disfrazar un beso comprado de algo parecido a la intimidad.

Nos besamos.

La subí sobre mí mientras el agua se movía apenas. Por un instante tuve la impresión de que estaba besando a alguien más.

Ella fue quien me detuvo.

—Mejor vámonos a la cama.

Nunca le pregunté por qué. Quizá sabía que, si seguíamos ahí, terminaría haciendo alguna estupidez. O quizá simplemente conocía mejor que yo los límites del oficio.

En la habitación le pedí que me hiciera sexo oral.

Sacó otra Halls.

Lo intentó.

No podía.

Parecía contener las ganas de vomitar a cada movimiento. Mientras tanto yo seguía viendo su cuerpo. Delgado. Blanco. Frágil. Me aferraba al parecido con aquella otra mujer como si eso pudiera cambiar algo.

No le di importancia.

O eso creí.

Después me preguntó si ya quería coger.

Asentí.

Se puso el condón sin decir una palabra y comenzó.

Me caía bien.

Era extraño.

No me dejaba sentir ese control que casi siempre buscaba y, aun así, disfrutaba su compañía. Tal vez era el parecido con la otra. Tal vez su manera de hablar. O tal vez estaba cansándome de fingir que solo buscaba sexo.

Terminamos hablando más de lo que cogimos.

Me contó que consumía cristal. Ella y su pareja.

Trabajaba para sostener la adicción de ambos porque él no trabajaba. Y, aun así, él la juzgaba por dedicarse a eso.

Recuerdo haber pensado que algunas personas nacen con un talento especial para vivir de los demás mientras se sienten moralmente superiores.

Luego me habló de las Halls.

Me dijo que siempre intentaba hacer bien su trabajo, pero que no podía.

Entonces entendí.

Cuando era niña, la pareja de su abuela abusó de ella. La obligaba a practicarle sexo oral. Desde entonces, cada vez que intentaba hacerlo, algo dentro de ella se rompía otra vez.

A los dieciocho años se fue de su casa.

Su familia nunca le creyó.

Decían que era una mentirosa. Una canija.

Ese mismo año conoció el alcohol.

Después llegaron las demás drogas.

Me habló de sustancias que yo ni siquiera conocía. De otras sí. Me explicó cómo se sentían, cuánto duraban, qué hacían con el cuerpo. Pero lo único que insistió varias veces fue en que nunca las probara.

—No lo haga. De verdad no lo haga. Es bien fácil entrar y bien difícil salir.

Todavía recuerdo esa frase.

Es curioso.

Una mujer a la que yo había pagado para hacer con ella lo que quisiera terminó preocupándose por mí.

Ella, que sostenía a un hombre que la explotaba.

Ella, que cargaba una infancia que nadie quiso creer.

Ella, que se ganaba la vida acostándose con desconocidos.

Fue la única persona de esa habitación que tuvo la decencia de advertirle algo al otro.

Nunca la volví a ver.

A veces me pregunto si logró salir de las drogas.
Luego recuerdo que jamás le pregunté su nombre y entiendo que hay preguntas que llegan demasiado tarde.
 

yoxido

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Después de ella vinieron más.

Ninguna realmente importante.

Suena cruel decirlo así, pero gasté mucho dinero para descubrir que la mayoría no eran lo que buscaba. Ni siquiera hoy sé explicar qué era exactamente lo que buscaba.

Hasta que llegó una.

Recuerdo que la recibí de mala manera. No por ella. Venía arrastrando un día pesado y terminó pagándolo alguien que no tenía nada que ver.

Quería que se arrodillara frente a mí. Dudó unos segundos. Era evidente que no quería hacerlo. Al final aceptó.

Y, curiosamente, fue ahí cuando todo cambió.

No lo noté en ese momento. Lo entendí mucho después.

La tensión desapareció. Empezamos a hablar, a tomar, a reírnos de tonterías. De pronto ya no parecía una mujer que estaba trabajando ni yo un cliente que había pagado por unas horas. Parecíamos dos desconocidos perdiendo el tiempo.

Fue la primera mujer con la que tuve relaciones sin protección.

Ni siquiera fue decisión mía.

Mientras nos besábamos, tomó mi mano, me miró unos segundos y decidió por los dos.

Yo no dije nada.

La verdad es que tampoco quería detenerla.

Volví a verla.

No muchas veces.

Pero sí durante muchas horas.

Con ella las conversaciones terminaban siendo más largas que el encuentro mismo. Me hablaba de cosas que para mí eran completamente ajenas. Problemas pequeños, pleitos con otras muchachas, clientes raros, deudas, rumores, planes que nunca terminaban de hacerse realidad.

Yo escuchaba.

No porque me importaran demasiado.

Simplemente era agradable oír una vida que no se parecía en nada a la mía.

Un día me propuso poner una agencia entre los dos.

La idea me hizo gracia.

Después dejó de hacerme gracia.

Empecé a hacer números.

Consulté a mis contadores. Después a mi abogado.

En el papel era un negocio sencillo. Bastante rentable, de hecho.

El problema nunca fueron las cuentas.

El problema era todo lo demás.

El pago de piso.

La gente.

Los acuerdos.

Y, sobre todo, el control.

No el control mediocre que yo buscaba cuando contrataba una prostituta. Ese era un juego de niños.

Aquí se necesitaba poder de verdad.

Poder sobre personas.

Y descubrí algo que no me gustó de mí.

Para mantener una posición dentro de ese mundo tendría que cruzar límites que hasta entonces no había cruzado. No por placer, sino porque así funcionaban las cosas. Era parte del negocio.

Ahí entendí que una cosa era pagar por unas horas y otra muy distinta convertir aquello en una forma de vida.

Muchos pensarán que fue una estupidez dejar pasar un buen negocio.

Puede ser.

A mí me gusta el dinero.

Mucho.

Pero también aprendí que el dinero casi siempre pide algo a cambio.

Tiempo.

Libertad.

Sueño.

Y, a veces, la poca tranquilidad que todavía le queda a uno.

Hay un libro que me gusta mucho. Dice que no existe el dinero fácil; existe el dinero rápido. Pero ese casi nunca resulta fácil cuando uno termina de pagarlo.

Así que lo dejé.

No dejé de verla por ella.

Con ella me llevaba bien.

La dejé de ver porque cada vez que hablábamos del negocio me descubría imaginándolo otra vez. Y me conozco lo suficiente para saber que, si uno alimenta demasiado una idea, tarde o temprano termina obedeciéndola.

Preferí irme antes de averiguar si todavía estaba a tiempo de decir que no.
 

yoxido

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Intenté buscar a algunas de las que ya había conocido.

No pude encontrarlas.

Supongo que me quedé con las ganas de seguir viendo a algunas. Más que el placer, había algo en esos encuentros que me hacía sentir dueño de la situación. Hoy sé que esa sensación duraba muy poco, pero entonces era suficiente.

Con algunas acordé ciertas cosas por un pago extra. Con otras no hizo falta. Cada una tenía sus propios límites y, por extraño que parezca, siempre terminé respetándolos cuando eran claros.

Hubo una que terminó muy molesta conmigo.

Recuerdo que, al final, perdió la paciencia porque decía que ya llevábamos demasiado tiempo y nada parecía terminar. Se levantó sin decir mucho, se fue a bañar y permaneció encerrada casi cuarenta minutos.

Fue una experiencia distinta.

Después conocí a otras.

Algunas empezaron incluso a recomendarme a sus amigas, muchachas que apenas estaban entrando en ese mundo. Con varias me llevé bien. O, al menos, eso creí.

Hasta que llegó ella.

Había una muchacha en una agencia que siempre me había parecido muy bonita, pero las reseñas que le dejaban otros clientes la describían como alguien demasiado vulgar. Nunca terminé de animarme.

Un día, en el grupo donde se anunciaban, apareció una amiga suya.

Delgada.

Muy blanca.

De apariencia frágil.

La contraté.

Todavía creo que fue una de las mejores y, al mismo tiempo, una de las experiencias más tristes que tuve.

Era increíblemente cuidadosa con su cuerpo. Todo con ella ocurría despacio, como si cada movimiento tuviera que medirse antes de hacerse. Nunca se quejaba, pero era evidente que muchas cosas le resultaban incómodas. Por eso todo llevaba su tiempo.

Y a mí no me molestaba.

Con ella aprendí a no tener prisa.

Nunca estuvimos juntos sin protección.

Ella no quería.

Era muy consciente de los riesgos y nunca permitió que alguien decidiera por ella en ese aspecto.

Eso me gustaba.

No porque frustrara mis intenciones, sino porque era una de las pocas personas que parecían tener el control de su propia vida dentro de un lugar donde casi nadie lo tenía.

Siempre se vestía de una forma muy particular.

No era elegante.

Era otra cosa.

Toda su ropa parecía elegida por ella y únicamente por ella. Había un gusto personal en cada detalle. Como si, entre tantas cosas prestadas, aquella forma de vestir siguiera siendo únicamente suya.

Durante un tiempo dejé de ver a las demás.

No porque quisiera exclusividad.

Simplemente me sentía cómodo con ella.

Pero terminé acostándome con la amiga que la había recomendado.

Ella se enteró.

No hizo un escándalo.

Solo me dijo que no volvería a atenderme.

Después desapareció.

Su carrera en ese ambiente fue muy corta.

Al principio me molestó no volver a verla. Sentía que me habían quitado algo que todavía no terminaba de conocer.

Con el tiempo dejé de pensar en mí.

Empecé a alegrarme por ella.

Creo que tenía futuro.

No porque fuera distinta a las demás, sino porque todavía conservaba algo que ese lugar suele arrancarle a la gente muy rápido: la posibilidad de salir.

Muchos tienen aspiraciones y nunca lo consiguen.

Ella, al menos, tuvo la oportunidad de intentarlo.

Y espero que lo haya logrado.
 
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